Las ventanas rotas del Valle del Tiétar.

En 1969 un tipo llamado Phil Zimbardo realizó en Estados Unidos uno de los más interesantes experimentos sociales,
y de los más controvertidos, que se han llevado a cabo en el pasado siglo. Zimbardo no era un cualquiera: en un año se sacó
el triple grado en psicología, antropología y sociología del Brooklyn College, con un postgrado en psicología social. Posteriormente se doctoró en Yale sobre esta especialidad.
El experimento de Zimbardo y su equipo consistió en colocar dos coches, exactamente iguales, nuevos, abiertos y con las matrículas arrancadas en dos zonas socialmente muy distintas, supuestamente. Quédense con este “supuestamente”
El primer coche lo colocaron en el entonces deprimidísimo Bronx Neoyorquino. Si alguien no se ubica demasiado pueden recordar la magnífica película Taxi Driver (1976) como telón de fondo.
El coche, allí correctamente estacionado y vigilado por el equipo de Zimbardo comenzó a ser vandalizado a los diez minutos.
En tres días no quedaba nada de valor y terminó destrozado.

El segundo coche fue aparcado en uno de los lugares más ricos de Estados Unidos, en Palo Alto, California. Por supuesto el coche era el mismo, incluido el color y modelo, sin matrículas y con las puertas abiertas, todo igual que el del Bronx.
Una semana después el coche seguía intacto. Se reportaron llamadas a la policía de vecinos preocupados al ver el vehículo abierto y sin dueño aparente.
Y aquí llega el giro donde recuperamos el “supuestamente” que les decía antes. Cuando los tópicos esperados de “barrio pobre versus barrio rico” ya parecían evidentes, Zimbardo decidió dar otro giro a la tuerca del experimento, y que previamente ya estaba meditado: rompieron una ventana de ese coche y esperaron a ver lo que sucedía. El coche del barrio rico terminó exactamente igual de destrozado que el del Bronx e incluso en menos tiempo.

El equipo de Zimbardo acababa de demostrar que determinadas claves, en ese caso de abandono, disparan toda una serie
de comportamientos vandálicos que van a peor, progresivamente, y sin pausa.

En palabras de un analista del experimento de Zimbardo, Carlos Roque:
“El vidrio roto de un auto abandonado transmite una idea, primero, de despreocupación y desinterés, y después de abandono
y deterioro que empieza resquebrajando algunas normas y reglas de convivencia, continúa creando una falsa sensación
de impunidad ante el delito y termina por romper códigos y leyes básicas”

Podemos ver los resultados de esta “ventana rota” alrededor nuestro en el Valle del Tiétar. Los pequeños abandonos están generando una espiral de pequeños actos vandálicos que son fruto de la percepción de impunidad que tienen los que nos visitan
y que somos incapaces de contravenir los que estamos aquí. La falta de interés por parte de las instituciones, la necesidad
de la generación de recursos gracias a la explotación de un turismo cada vez más multitudinario y sin control, la imposibilidad
de que los ayuntamientos puedan imponer unas medidas mínimas de control sobre sus propios términos municipales provocan
la sensación, entre propios y extraños, de que aquí se puede hacer “lo que se quiera”.

Lo peor de todo es que las soluciones no pasan por el concepto de mano dura que alegremente creemos es lo necesario para controlar el descontrol.

El experimento de Zimbardo fue rápidamente asimilado por la muy intrusiva criminología norteamericana, bañada siempre
por el nada imparcial sistema legal yankee y acompañada de la mano del muy violento sistema policial del país de las barras
y estrellas. Los anteriormente citados pensaron que el experimento de Zimbardo dejaba claro que las grandes muestras
de violencia comienzan con pequeños actos vandálicos, por lo tanto si se abortaban policialmente estos se impediría que la espiral violenta creciera. Pero no todo era tan sencillo. El resultado de imponer demasiada mano dura al pequeño delincuente para evitar esa espiral fue un fracaso relativo y acabó desembocando en revueltas sociales y más violencia al constatar que a la policía
le resultaba mas fácil ir a por el ciudadano de abajo que a por el criminal relevante, pues este contaba con más elementos
de defensa y dinero para pagársela. Y aunque la delincuencia de bajo impacto se vio reducida vía el miedo, las comunidades, especialmente las más desfavorecidas, no vieron mejoradas sus condiciones sociales, lo que provocaba que cuando la presión policial bajaba volviera a incrementarse el vandalismo.x

Afortunadamente en 1996, George L. Kelling y Catherine Coles, en su trabajo Arreglando Ventanas Rotas reflexionaron sobre
el asunto, poniendo el énfasis en la presión social, centrando el cuidado y el orden en las sensaciones que transmite el espacio compartido, y manteniendo la responsabilidad de todos los participantes (ciudadanos, autoridades, responsables políticos, etc)
en el mismo, reparando así esas señales de descuido antes de que sean faros de vandalismo y posteriormente de delincuencia.
Éste es el punto exacto en el que se encuentra el Valle del Tiétar. Y no hace falta que investiguen mucho, basta darse una vuelta por las redes sociales de los pueblos de la zona para constatar la realidad. En un mundo en el que un video para Instagram
o tiktok puede atraer a miles de visitantes puntuales a zonas que no mantienen el cuidado o esmero necesario que los nuevos tiempos requieren, se convierten en ventanas rotas, señales de impunidad visibles para todo el mundo. Más aún ante la desidia
de autoridades, reconvertidas en monitores de tiempo libre de fiestas y fines de semana, la falta de medios, y lo que es más preocupante, la insuficiente presión social que haga respetar lo nuestro para todos.

Y es que todos estamos en este barco, y más aquellos que apuestan por un Valle del Tiétar en el que compartir, trabajar y vivir… por los que soñamos con Gredos
Arreglen las ventanas que puedan. Y que sepan que en Dreamingredos tenemos cristales para reponer.

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