
«Creo que puedo decir con seguridad
Richard Feynman,
que nadie entiende la mecánica cuántica.
Simplemente relájense y disfruten.»
creador del concepto “nanotecnología”
Desde la aparición y demostración de la física cuántica y derivados, estaba claro que el salto al mundo esotérico era cuestión de tiempo, facilitado por el gran espacio que la primera dejaba al segundo.
El mundo cuántico, ese universo de imperceptibilidades, esas energías unidas en quantums y la existencia de todo en función de si. Ese todo se mira o no, dejaba allanado el camino para aquellas sensibilidades que intentan encontrar una explicación de laboratorio que les diera entidad científica a su creencia.
Nada de esto era nuevo y se ha mantenido hasta nuestros días. A principios del pasado siglo, McDowell ya intentó constatar la existencia del alma y, mediante un complejo sistema de básculas que consistía en pesar a un moribundo justo en el momento de su fallecimiento, determinó que en el preciso momento del óbito desaparecían 21 gramos, que serían los correspondientes al peso del alma del difunto (alma que se marchaba para “ascender”, claro).
La Nueva Era siempre se ha sentido huérfana y necesitada de casito por parte de la ciencia en mayúsculas. Si las grandes religiones necesitan de una supuesta autenticidad (y si no existe, se fabrica) para que sean creíbles frente al análisis científico e histórico, la New Age abraza lo cuántico como si le fuera su fundamento en ello.
Justo en el momento en que el alejamiento de la Nueva Era respecto de los viejos cultos alcanza su pico, es cuando más se acerca a ellos hasta convertirse en una religión también, pero con formato guay y de brilli brilli.
La Nueva Era, como el cristianismo, el judaísmo, el islam o los extraterrestres ancestrales, necesita también un papá que rescate a sus creyentes, en su formato más heteropatriarcal, o una nueva forma de vivir más vibracional, más de Pachamama, si la rescatadora es mujer.
Lo mejor de todo es que si abrimos el foco sobre todo esto, descubrimos que esas sensaciones, esas “vibras”, no son cuánticas, ni conexiones de nuestro ADN que recuerda vidas pasadas, sino nuestra verdadera capacidad para sentir y aplicar el conocimiento que nuestros millones de descendientes, en cuyos hombros nos erguimos, nos prestaron. Todo ello, inundado por la tecnología y la rapidez para acceder al conocimiento que ahora tenemos en las manos y que de vez en cuando utilizamos para llamar por teléfono.
En la antigüedad, el augur daba sentido a esas “vibras”, a los sucesos cotidianos y extraordinarios, complejos y raros, recubriendo su dictamen como si fuera el dios de turno el que le iluminara, cuando simplemente leía la realidad de manera tangencial, variada, mezclada y filtrada por su propia capacidad de observación.
«¿Puede realmente
Richard Feynman,
la naturaleza ser tan absurda?»
creador del concepto “nanotecnología”
Se ha calculado que si todo el conocimiento acumulado por la humanidad hasta el año uno de nuestra era fuera igual a una unidad de conocimiento, se tardaron dieciséis siglos en duplicar esa unidad. Ahora ese conocimiento se duplica cada año. Y esto por no hablar de los paradigmas, los patrones que nos sirven para avanzar en el conocimiento: Ray Kurzweil fijó que en el siglo XIX hubo más cambios de paradigmas que en los novecientos años anteriores, y en los primeros años del siglo XX ya hubo más cambios de paradigmas que en todo el siglo XIX. Se estima que en el siglo XXI el cambio será mil veces más rápido que en el siglo XX, y en estos datos no entraba la Inteligencia Artificial con su configuración a día de hoy.
Teniendo en cuenta todo esto, y al mismo tiempo al muy criticado Jung, ese baño de información, a la que podemos estar atentos o no, configura un patrón de inconsciente colectivo absolutamente brutal, una radiación donde cualquier exposición a este Chernóbil de datos nos hace poder entrever muchas más proyecciones, desde las personales, gestuales o conductuales, hasta las meramente ritualísticas de andar por casa, aunque solo sea adivinar la hora a la que la gente se toma el vermut.
Vivimos en un fractal continuo de sensaciones en el que, curiosamente, no solo aumentan las vibras y el buen rollo, sino también la desconfianza, la escasez o el grupalismo entendido este como la pérdida del yo para formar el grupo que navega como puede el mar de los Sargazos de la inmediatez. Ahí es donde, lamentablemente, aparece lo cuántico como respuesta a ese océano embravecido, como si alguien señalara en mitad de la tempestad que un guijarro en el fondo de la fosa de las Marianas es la consecuencia de la explicación de por qué nuestra barca no naufraga.
Pero es que no hay barca. Ni siquiera agua.
Seguimos siendo los primates a los que la adaptación social les impulsó a generar músculos en la cara para poder hacer muecas y que el resto de la manada las pudiera interpretar sin que hubiera habla de por medio. Ahora las muecas son para el TikTok, pero creemos que la energía cuántica nos va a poner en contacto con el universo, olvidando que el universo permanece impasible ante nosotros.
Tóquense, abrácense, quiéranse. Pasen de lo cuántico a lo físico, a lo real. Hagan un fractal de sus capacidades y habilidades y agárrense, que vienen curvas.
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Robin.